Definir la palabra cata supone definir algo casi intangible. Catar es acercar el vino a nuestros sentidos para emitir un juicio completo sobre su calidad, es decir, sobre la sensación de placer o de rechazo que sentimos frente a él (la mayoría de las veces la sensación es de placer; pocas veces se produce el rechazo). Es lógico pensar, por tanto, que, mucho antes de conocer los orígenes de la palabra “cata”, ya se cataba, aunque fuese de forma totalmente intuitiva.
Los orígenes de los términos “cata” o “degustación” de vinos, que, por simplificación podemos considerar sinónimos, aunque no son exactamente lo mismo, son relativamente recientes en los diccionarios. La primera referencia a ellos aparece en 1793, y hasta 1813 no se encuentra en ninguna parte el verbo “catar”. Las primeras definiciones eran imprecisas y restrictivas, siendo necesario llegar a épocas muy recientes para al fin encontrar una definición que nos permita entender lo que significan realmente estos términos. La definición dada por Ribereau-Gayon y Peynaud, padres de la Enología moderna, dice que “degustar” es gustar con atención un producto, esto es, someterlo a los sentidos, intentar conocerlo, buscando sus defectos y cualidades, y expresarlos. Para ello, se debe estudiar, analizar, describir, juzgar y clasificar.
Esta amplia definición es la preferida por los enólogos. Como se puede apreciar, no es lo mismo catar que beber. Beber es ingerir un líquido, en este caso el vino, mientras que catar siempre es someterlo a nuestros sentidos para juzgarlo y describirlo. Beber es un acto instintivo; catar es voluntario y reflexivo. Todos los seres humanos pueden catar. Basta con que tengan sus cinco sentidos, que los entrenen y afinen y que aprendan una elemental “técnica de cata”.
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